miércoles, 1 de julio de 2009

Hacia Baquedano

El oficinista tiene una vida aburrida y rutinaria, todos los días se levanta a las seis de la mañana con el llamado agudo del despertador, toma un baño, bebe el café en segundos, y cepilla sus dientes tan rápido que sus encías lloran sangre. Mientras él corre a tomar el metro. Hace combinación en los Héroes y se baja en Baquedano, camina unas cuadras, sube las escaleras llega a su oficina y se sienta a trabajar sin parar hasta las seis de la tarde, hora en que hace el mismo recorrido de la mañana pero en reversa.

Llega a su departamento, de desnuda como ya es costumbre en el recibidor y ahoga su angustia en lágrimas, hasta que ya muy cansado se va a acostar en la oscuridad

“La mujer mayor caminaba de un lado a otro, ansiosamente, esperando la llegada de Armando mientras fumaba rápidamente el segundo cigarro de la tercera cajetilla del día, y cuando ya estaba consumido hasta casi borrar la inscripción Lucky strike las jóvenes manos del adolescente la rodearon haciéndole suspirar Armando. En esa misma habitación, escondido tras un mueble, con lágrimas de desesperación y manos arañadas por la rabia el futuro oficinista presencia la infidelidad de su madre”

El solitario y desnudo hombre se despertó sudando en medio de la madrugada conmocionado por que sus sueños continuaban atormentándolo frecuentemente con recuerdos que creía haber olvidado, entonces su teléfono sonó, esperanzado corrió hacia el aparato, intentando imaginar que alguien se preocupaba de su alma atormentada, pero cuando el auricular chocó contra su oreja solo encontró un vacío anuncio publicitario, y supo que ese día sería distinto. No como los demás.

Cuando tomaba el metro hacia Baquedano recuerdos vagos de su infancia lo inundaron
-¡deberías ser como Armando! << Gruñía la voz de su madre>>
- eres un ¡inútil!
- ¡si, soy un inútil!

Una enorme rabia lo atacó, nublándole la vista e impulsándolo inconcientemente hacia las vías del vagón. Pero se detuvo titubeante y no lo suficientemente firme como para soportar el empuje de la multitud.

Cuando bajo la vista, su cuerpo estaba destrozado, atrapado entre el andén y el carro
No era capaz de borrar la sonrisa de su rostro aliviado, y solo cuando Armando corrió hacia su cuerpo gritándole “¡hermano!” se dio cuenta que nunca sería feliz y que su alma seguiría vagando sólo por la eternidad.

Fin.

By:Nicole León
Teresa González

No hay comentarios: