lunes, 26 de julio de 2010

Cuando no hay luz, todo se vuelve más reflexivo, te vas con el zumbido de los aparatos eléctricos, con el bullicio de la ajetreada ciudad que vive a las afueras, con el rechinar de los muebles, con el tic-tac del reloj… Hay algo de magia en los espacios que no están directamente iluminados por luz eléctrica, cuando la luz lunar delinea todos los contornos, cuando la farola de la calle es la única encargada de crear sombras. Cierro los ojos y me deslizo hacia atrás, dejando mi cuerpo en completo reposo y tengo la vaga idea de que los pensamientos fluyen con mayor libertad.
Nos quedamos con el silencio imperando un tiempo, en momentos así todo desaparece, así que tampoco soy capaz de decir cuánto duró aquello. Cuando estamos con tan escaza interrupción de sonidos, es más fácil escuchar y entender nuestras voces interiores, es más sencillo repasar las palabras y revisar las ideas, también es fácil distraerse, con cualquier sonido, con la respiración suave del azabache junto a mí, con el sonido que indica que el móvil está completamente cargado, con el crujir de la madera, con el tubo de escape que tiembla bajo un automóvil cualquiera, con la risa infantil y aguda de la hija de la vecina.


últimamente me voy muy en la volá cuando escribo .____.

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